Cuando se trata de diversidad, y lo que pudiéramos llamar acciones para la inclusión, vemos como los espacios educativos, no solo la escuela, están atestados de expresiones “bien intencionadas”, de frases que intentan ser correctas -por lo menos políticamente correctas - y de posturas que se auto-reconocen como tolerantes. Sin embargo, entre estas afirmaciones acartonadas, en muchos casos, y los gestos incluyentes hay una brecha profundamente instalada en nuestra sociedad.
¿Cómo pasar entonces de la inclusión concebida a la inclusión practicada? ¿cómo reconocer que no es suficiente con tolerar al diferente sino promover lo diverso?
Siendo coherentes con el propio llamado a la diversidad no hay una única solución a estas preguntas, de hecho, no hay recetas que puedan instalarse en todos los sujetos, contextos y comunidades. Sin embargo, una idea que puede ayudar desde los programas educativos se basa en la creación de espacios mínimos: pequeñas ventanas para visibilizar lo diverso como cotidiano, no como formas marginales o atípicas de vivir y entender el mundo.
En los espacios mínimos reconocemos la existencia de múltiples pertenencias étnicas, ideales políticos, símbolos para representar(nos), experiencias que emocionan, diversas emociones e intensidades de las mismas, orientaciones sexuales y discursos e ideas a las que nos adherimos o no. Esta comprensión nos propone la necesidad de mostrar otras elecciones e identidades, así como la apuesta por dejar ver que es posible y “natural” cambiar y recomponer la identidad.
Por esta razón invitamos a los educadores, líderes comunitarios, estudiantes, y en general a los ciudadanos a llenar nuestra vida de espacios mínimos. Desde un párrafo en redes sociales, la presentación de imágenes, la creación de un artículo de opinión o un podcast se pueden convertir en las vitrinas que necesitamos para ir instalando una idea: seremos una sociedad diversa cuando dejemos de mirar al que no se parece a mi como un sujeto exótico o como alguien que no tiene nada en común conmigo.
La mejor reivindicación que podemos hacer a la diversidad es dejar de segmentarnos, de inventar categorías excluyentes -como la idea de la razas- o de etiquetas sociales como si estuviéramos obligados a ser una sola cosa por el resto de la vida. Afortunadamente el intercambio de saberes, el acceso a capitales culturales, los intercambios simbólicos y en general, las mezclas e hibridaciones nos permiten recomponer nuestras identidades una y mil veces.
Creemos más espacios mínimos para “naturalizar” ese cambio de identidades. Esto nos permitirá instalar en nuestra cultura más y mejores gestos, de esos que encuentran en los otros un campo infinito de aprendizajes para ser una mejor versión de nosotros mismos".
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